Elogio de un adversario

Notas alrededor de la producción literaria del filósofo Ernesto Castro

Le vi por primera vez bajo el Puente de Segovia. Era el año siguiente al estallido de la crisis financiera global que marcaría la mala suerte de la generación millennial, aunque por aquel entonces ninguno de nosotros hablaba de precariedad, ni de salud mental, ni de los Lehman Brothers. Todavía no. O al menos no aquella noche en la que un grupo de estudiantes de filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid se reunieron para celebrar el cumpleaños de una de sus compañeras, y se sentaron en corro alrededor del chico más alto de la fiesta, Ernesto Castro Córdoba, o Taun para los amigos del barrio de Arganzuela que le verían crecer hasta el metro ochenta y tantos, y él allí, con sus diecinueve años, su chándal, y esa célebre verborrea insufrible y pedante, aunque curiosa.

No nos dirigimos la palabra. Yo sólo pasaba por allí para felicitar a la cumpleañera, pero me quedé con la referencia — mira, Luna, ese es Ernesto, es muy inteligente — y también con el eco de esa voz casi infantil que echaba la chapa a las muchachas al otro lado del botellón. Creo que ni siquiera se dio la vuelta para mirarme. O quizá me hiciera un leve gesto de saludo con la mano, desde lo lejos. Apenas recuerdo. De lo que sí me acuerdo es de que algunos días o semanas más tarde, en plena época de exámenes, mi buzón de hotmail recibiría un mensaje suyo bajo el título de «Un desconocido que te escribe». El desconocido en cuestión me explicó lo que ya intuía: que había leído mi blog de fotos, citas y poemas y que, aunque no le gustaba lo que salía de mi teclado, le gustaba yo. Eso no lo dijo así exactamente. Su prosa, enrevesada pero tímida, desprendía el olor a la masculinidad de los poetas en formación y, sobre todas las cosas, lo que dejaban claro sus mensajes es que mira, Luna, este es Ernesto, soy el más inteligente de entre los nacidos en el noventa y tú, con tu blog de escritora viral, no me vas a quitar ese puesto. Así me lo tomé yo al menos. A la defensiva. Y así se lo reenvié yo a mi pareja de entonces: «pero este tío de qué va». Primero no se digna a mirarme en la fiesta. Después me dice que en realidad somos iguales, algo así como hijos de papá, estudiantes con suerte, chavales de clase media con acceso a unas bibliotecas envidiables, aspirantes a escritores incómodos… No, pensé, pues aunque él todavía no me reconociese como tal, yo ya era poeta.

He tenido muchos enemigos a lo largo de mi vida. La mayoría hombres. La mayoría escritores. Los llamo enemigos porque es la manera más sencilla de no pensar en sus descalificaciones, en su paternalismo o en su violencia. Ernesto Castro, que con el paso de los meses y de los años seguía diciéndome cosas algunas veces bellas y otras veces salidas de tono o por email, o durante nuestras eternas conversaciones en los corros de nuestro propio grupo de amigos escritores, se convirtió en algo más.

Su enemistad era diferente. Sus comentarios malévolos hacia mi poesía sin métrica no fueron un obstáculo para querer entrevistarle en repetidas ocasiones para mi columna del diario Público. Su altivez al hablar de política se convirtió, en verdad, en aliciente para que yo también quisiera participar del 15-M; recuerdo hasta llamarle por teléfono antes de las elecciones de 2011, Ernesto, ¿qué crees que debo votar para que esto no se vaya a la mierda? Precariedad. Salud mental. Lehman Brothers. Ahora sí. Por influencia de Ernesto me politicé y dejé de comer carne, y eso que el muy cabrón no terminaba nunca de caerme bien. Siempre pinchándome. Siempre dudando de mis lecturas. Siempre mirándome con esos ojos. Pero es que además su prepotencia nunca me impidió admirar esa poesía suya tan honda, cerebral, cuadriculada, a veces rimbombante, un poco juguetona y, me atreveré a decirlo, existencialista; hasta el punto de que muchísimos años antes de que un sello de Planeta le fichara como narrador, yo me convertí en su primera editora literaria para la antología Tenían veinte años y estaban locos.

Quizá por esa máxima penosa del amor romántico según la cual «los que se pelean se desean», a mí me gustó mantener a un chico tan guapo, pero que a veces se portaba tan mal conmigo, muy cerca de mí… pero no tan cerca… pero ahora no… pero ahora sí… Le llamaba para todos los recitales, aunque él acabara leyendo versos del algún fascista. Le presentaba a todas mis amigas, aunque él acabara ghosteando a una pocas. Escuchaba sus primeras entrevistas en la radio o en YouTube, aunque en cierto modo me pareciera que él siempre deseaba quedar por encima de sus invitados. Proponía su nombre a los editores de las revistas con las que colaboraba, aunque supiera que él tardaría siglos en mandar sus textos, si es que lo hacía. Sugería su rostro para reportajes de literatura y moda, aunque a veces apareciera en la sesión de fotos con el bigote recortado a la manera de Adolf Hitler. Puto Ernesto. O puede que él a mí también me gustara un poco. De hecho, pensando en aquellos años, me alegro de que a pesar de unos besitos por aquí y de unos frota-frotas por allá, la flecha del amor románticamente violento nunca nos alcanzara.

Todo estaba en nuestra contra. Mejor dicho: como en verdad nunca hablábamos de libros, como jamás nos sincerábamos con nuestras ambiciones literarias, nosotros siempre estábamos más que dispuestos a ponernos en contra. Con amabilidad, pero despreciándonos. Él cada vez más analítico, metido en un periodismo seudo-gonzo, dando tumbos entre sus grandes pasiones: o ser un brillante orador matando al padre; o crear escuela entre su alumnado; o leer a destajo a los autores-hombres más olvidados de nuestra geografía, tal vez para dar cuenta, el muy malandrín, de que el tiempo no sólo se ceba con las mujeres, por mucho que así lo explotemos desde la industria; o utilizar los trucos aprendidos en la academia para analizar la música que nos volvió definitivamente viejos. Precariedad. Salud mental. Cheetos Pandilla. Taun había dejado de ser Taun y con ello, había abandonado la poesía. Aquello que nos enfrentó por vez primera, es decir, nuestras genealogías líricas absolutamente opuestas — él tan borgiano, tan valerítico, tan mínimo-moraliense, tan dado al experimento, tan lejos de mi realvisceralismo, tan limpio y tan cuadriculado en el verso — , dejó aflorar sin embargo otra lista de oposiciones insalvables. Y así, Ernesto Castro seguía sin ser mi enemigo. En todo caso, un adversario.

Ahora lo sé: yo prefiero a un buen adversario que a mil falsos aliados. Por eso insisto en que si adversario es sinónimo de opuesto, poéticamente nosotros tampoco podíamos ser más distintos. Otra vez: su devoción por el endecasílabo, el acento en sexta, su pasión por la poesía canónica, política, española, su gusto por la bibliografía extrema, por las ideas siempre separadas de la intimidad. Puede que toda esa amalgama de durezas líricas tenga que ver con lo que él siempre reclama a propósito de la curiosidad. Como animal curioso, como ser entregado al descubrimiento con entusiasmo y al asombro, como hombre que quiere saberlo todo, cuanto más mejor, y no importa el qué, ni con qué medios, ni por cuánta suma de tiempo haga falta, Ernesto Castro es un engullidor profesional, un lector contrafractual y bibliofrénico, y su literatura sólo puede ser la consecuencia de ello. Dice el refrán que la curiosidad mató al gato. Para más guasa, Ernesto Castro es alérgico al pelo felino. Su curiosidad es alérgica. A veces quiere escribir de más. A veces no ha terminado de escribir una frase y ya está pensando en la que escribirá pasado mañana. Los documentos inacabados y friquísimos que reunió en su Atelier poético — un archivo titulado Poemas 2020, en el que en realidad asistimos a títulos provisionales de textos, en su mayoría sonetos que nunca fueron, un poco a lo Édouard Levé en Obras, sílabas que contó una y otra vez, o una oda a la numerología si pensáramos que el filósofo pudiera creer en esas cosas — son prueba de ello. También sus proyectos ensayísticos frustrados: aquel sobre Alberto Cardín, o ese otro sobre la derecha iliberal a cuyo documento en Word he tenido acceso: más de 80.000 palabras impublicables — según él — , envidia para cualquiera que alguna vez haya tenido miedo al folio en blanco. La curiosidad mató al gato, sí, y el ideal de poeta total mató a Taun.

Antes de eso, un jovencísimo Ernesto Castro escribió, corrigió, pulió y terminó su único poemario reconocido, aún inédito: Árbol de Navidad. Supe por primera vez de ese texto en alguna de nuestras reuniones de reconciliación. No recuerdo mucho de aquellos días. Quizá alguna lata de cerveza grande en el Patio Maravillas. Quizá algunos emails esporádicos: él estaba entregado al estudio y yo a la promoción de mis primeros libros. Por supuesto que mi debut no le gustó. Por supuesto que a mí su Árbol de Navidad me pareció genial en su concepción, pero todavía tosco en su ejecución. Castro Tosco. Un libro de artista posadolescente que con toda la ironía del mundo cobraría peso con el tiempo. Releyéndolo más de una década después de su escritura, y cuatro años después de otro estallido global que marcaría a la generación millennial, el del #MeToo, sorprende de qué manera Ernesto Castro ya escribió íntimamente sobre el maltrato, sobre la irresponsabilidad del hombre blanco heterosexual y cisgénero, sobre la duda histórica de si el trabajo intelectual más estricto sería un impedimento para la vida amorosa, o para la amistad, o para el apego, sobre ser infiel. Él no escribió sobre la masculinidad porque fuese una moda, ni tan siquiera una responsabilidad. Lo hizo, supongo, porque cuestionarse a uno mismo es parte del oficio de la filosofía, de la misma manera que restregar las suciedades de uno sobre la página es una técnica digna para transgredir en literatura. Mi adversario escribía literatura de adversario. Pensaba como un adversario. Escribía siendo adversario de sí mismo. La senda del perdedor. Marcarse un Kierkegaard. La vieja masculinidad de hoy, etcétera.

Sabiendo así de la existencia de un poemario tan solemne, novedoso y único — porque no incluiremos a Michel Houellebecq en esta vertiente crítica — sobre el hombre maltratador, me pregunto de veras cómo es posible que a día de hoy Ernesto Castro todavía no me haya denunciado públicamente por plagio, o cómo es posible que en ninguna reseña, que en ningún debate, y que ni tan siquiera en la presentación en Madrid de mi libro Poesía masculina, de la que además su hermano menor fue maestro de ceremonias — sí, Manuel, hacedor de haikus y de misticismos en el instituto, compañero de fechorías de Tosco Castro en los tiempos del Bukowski Club — ; que cómo es posible, decía, que nadie se haya dado cuenta de la influencia de su poesía en mis propios versos, o de lo sarcástico que resulta que el autor de un libro bestia para con la concepción romántica de las relaciones heterosexuales, aparezca retratado en las últimas páginas de mi libro bestia para con la concepción del matrimonio como una suerte de salvador. Como el más digno y besable de los adversarios. ¿Yo plagié a Ernesto Castro?

Tal vez. Que lo decidan las lectoras del futuro. Que investiguen cuánto hay de homenaje aquí. Cuánto hay de juego allá. Cuánto hay de mentira. O será que Ernesto Castro está a favor del robo y entonces que se le homenajee veladamente no le importa. Lo ha dicho muchas veces en sus directos de YouTube, y puede que hasta en algunos de sus ensayos. Las ideas existen y están para robarlas. Las ideas existen y están para retarlas. Las personas que generan esas ideas existen, y están para confrontarlas. Y para mí eso, esa actitud suya, siempre me ha acabado pareciendo bien, porque en cierto modo todas robamos, o retamos, o cuestionamos, o malmetemos, o rompemos los platos cuando creamos. Pero incluso un buen adversario sabe que tiene que ser consecuente con sus actos, especialmente en la era de las genealogías feministas. Un buen adversario debe saber girar el rostro cuando se le pide. Un buen adversario no está reñido con el trabajo de la generosidad.

Ernesto Castro no era ya poeta. Era filósofo y periodista cuando dejamos de hablarnos. A veces nos encontrábamos en lugares insospechados: un metro de Barcelona a las nueve de la mañana, cuando él ya ni siquiera vivía en la ciudad. Una sala de baile queer, llena de poetas más jóvenes que nosotros, y más drogados. Un hotel con piscinas azulísimas, durante una feria del libro en México. Nunca hablábamos de libros. Nunca sabíamos qué le emocionaba al otro. Yo intuía su presencia al otro lado de la pantalla, y cuando lo que veía no me gustaba — cancelaciones, misoginia, jaleos en redes, UTBH, el mismo egosurfing que yo practico pero del que no digo palabra — desaparecía. ¿Había dejado de confiar en mi mejor adversario? ¿Lo había convertido ya en enemigo? ¿Me importaba verdaderamente su carrera como autor? ¿Cuál era entonces el papel de mi vínculo? ¿Por qué le exigía a él lo que yo no era capaz de cumplir? Si lo pensaba bien, llevaba meses errando. No me había hecho las preguntas adecuadas. A saber: ¿qué debe hacer una buena adversaria para no convertirse en parte del problema; para no dejar que la grieta se expanda; para proponer, al fin, una reparación?

Fue leyendo El trap cuando me di cuenta de que ya no sabía nada de nada sobre Ernesto Castro. Me incomodó y me fascinó a partes iguales. Aquel libro reunía todo lo que a mi alrededor nadie había sabido aunar de un modo tan perfecto: periodismo, narrativa, poesía, crítica, filosofía, política, sexo y memética en un solo volumen. Sentí envidia. O más bien un orgullo del que ni siquiera era merecedora. Cancelado, isolado y otra vez en chándal, pero probablemente muy solo y sin un corro de personas amigas a las que sermonear, Ernesto Castro había escrito lo que se me antojó el equivalente en ensayo a una novela como Lectura fácil. Oficinas llenas de redactores millennials tecleando como monos treinta artículos a diario sobre qué significaba nuestra generación, y él nos adelantó a todos por la derecha. Precariedad. Salud mental. Industria editorial. Sentí admiración. Porque a pesar de la viralidad de su discurso o de la facilidad que para él habría supuesto convertirse en un columnista barra influencer barra ofendidito barra monigote del hype, Ernesto Castro nunca renunció a su complejidad, a sus ideas y, sobre todo, a su literatura. Era como si lo más reprochable de aquella manera de ser que dejaba entrever con su verborrea de antaño o con sus poemas adolescentes — la strongzota opinion, la contundencia viril, la altivez, el no dar el brazo a torcer, la bibliofrenia… — se hubiera tornado en una actitud inédita, ahora generosa, erudita, calmada, comprensiva y plural. Bromea él en sus directos: «me tomáis en serio porque llevo traje y porque ya no me pinto las uñas».

Modestias aparte, merece la pena revisar sus publicaciones de los últimos dos años: su tesis sobre el realismo poscontinental — un cotilleo, en la firma que le pedí de mi ejemplar tras su presentación, él escribió para Luna, mi única realista poscoital — , sus recopilatorios de artículos de lo que suele llamar “la década perdida” y su memoria del año del 15-M — que por alguna razón que se escapa a mi entendimiento no se convirtió en el libro más comentado y censurado de 2021 — . Todos estos recopilatorios, estas revisiones y estas reescrituras de su trabajo académico tienen algo en común que a mí me permitió leerlos con la sensación de que eran el despertar de algo hasta entonces desconocido en la escritura de Ernesto Castro. Cada uno de los prólogos de estos textos era una nueva llave a su pensamiento. Fuera de los formalismos que requerían sus ensayos o artículos — que a pesar de su variable transgresión temática, se presentaban estilísticamente uniformes — , los prólogos de Realismo continental, Ética, estética y política u Otro palo al agua proponían unos juegos narrativos y líricos que demostraban el alcance como narrador que Ernesto Castro todavía ocultaba y que en la primera parte de Memorias y libelos del 15-M — cuyas Memorias no son sino un prologuísimo venido a más — se empieza a intuir que el filósofo quiere, y puede, y debe ser también un novelista. Mi adversario ganó este asalto. Él no era aspirante a poeta total. Él sería un escritor total, o lo que es lo mismo, un autor libre de hacer lo que le diera la gana porque su constante estudio, su amplitud de miras y su capacidad para encajar las críticas le había ayudado a crecer.

Precisamente, en el capítulo que Ernesto Castro me dedica en Memorias y libelos del 15-M, aparece citado un poema de Árbol de Navidad que yo incluí una década antes en la página 49 de Tenían veinte años y estaban locos. En esas páginas él mismo se burla de su escritura, aunque cuanto más lo releo, más me doy cuenta de que su texto ‘Ser fiel es fingir que el tiempo no existe’ se ha convertido en una de esas premoniciones, en una de esas líneas de versos memorables para la intimidad y para la vida. Ernesto Castro nunca ha sido fiel a un género literario, ni a un autor de cabecera, ni a una proyección o propósito autoral. Fluye. Se reinventa. Crece como las uñas o como el vello de su poema, pues «a través de las persianas / mirando los coches cuyos faros cruzan / la pared del dormitorio / me doy cuenta de que las uñas / de los dedos de las manos y los pies / y el pelo, en general, por todas partes / llevan creciendo, cada día más y más / sucios, sin mi consentimiento».

Ser fiel es fingir que el tiempo no existe, escribió una vez mi adversario Ernesto Castro. Lo escribió en un tiempo en el que ninguno nos tomábamos en serio. Un tiempo de sálvese quien pueda, escriba quien tenga tiempo y triunfe quien gane la lotería de Goodreads. Por él me hice vegetariana a los veinte años. Por él me divorcié a los treinta. Ahora sé que el tiempo existe. Lo tengo clarísimo. De la misma manera que sigo sabiendo y reafirmándome en la idea de que quienes se pelean no pueden desearse — pues sólo los que son honestos se merecen — . Es viernes, veintiocho de enero de 2022 y después de dos años de relación sexoafectiva con Ernesto Castro sólo recuerdo que nos hayamos medio-peleado — odioso verbo, ¿enfrentado?, ¿extrañado por estar en tan profundo desacuerdo no por la idea sino más bien por la forma de expresarla? — en una ocasión. Le dije que él no tenía gran obra todavía. Que su gran obra estaba por llegar. Soné descarada, lo sé. Soné altiva como un poeta macho de diecinueve años y en construcción. Lo que quería decir aquella noche en Arganzuela y lo que he intentado repensar y reexplicarme a mí misma durante ese tiempo, es que Ernesto Castro todavía no es Ernesto Castro, porque quienes por fin hemos hablado con él de ambiciones, de proyectos y de ingenierías creadoras, sabemos que mucho de lo que él desea construir, aún está en obras. Perdón por esa imagen manida. Perdón por no ser clara. El caso es que Ernesto Castro ya tenía una bibliografía envidiable y cojonuda a sus espaldas, pero es desde que se propuso crear él mismo sus propias ficciones, sus propios mundos imaginarios, con estructuras fortísimas para dar rienda suelta a todo lo que ya había demostrado saber hacer: las descripciones líricas, las ideas arriesgadas, el humor cabrón, la reivindicación de firmas ninguneadas, la alabanza de la filosofía, la exposición de teorías contrarias a sus ideales, la poesía, la gracia… Es desde entonces que Ernesto Castro se ha convertido en el escritor total. Prueba incipiente de este potencial, creo, es la estructura y la base de Jantipa o Del morir. Su primer asalto a la ficción y una revisión del diálogo socrático, además de la primera entrega de una trilogía narrativo-filosófica sobre la muerte, el saber y la libertad, protagonizada entera por mujeres… precariedad, salud mental, una genealogía feminista.

Amo a Ernesto Castro. Sigue siendo el mejor de los adversarios. Un buen adversario te conquista. Te sugiere. Te da paz. Con todo, creo que Jantipa o Del morir no es un libro de adversarios, sino de amigos. De amigas, para ser más exacta. Incluso si en la figura recreada de Edith Stein — Teresa, en su ficción — , protagonista del libro, viviendo allí, en Auschwitz su última noche terrenal, podemos intuir su gusto casi masoquista por el enfrentamiento — en uno de mis pasajes preferidos del libro, Ernesto Castro escribe: «A Teresa le encantaba hacerse la tonta. Pero tonta de remate. Casi siempre formulaba sus posiciones filosóficas de un modo ambiguo, incompleto o más débil de lo que podía y sabía, solo para que sus interlocutoras la hiciesen picadillo. Había aprendido de Santa Teresa de Jesús que Dios está presente sobre todo en las experiencias que confunden el placer con el dolor. Se entregaba al cristianismo con una ironía macabra. También había aprendido que los martirios del alma son infinitamente más gustosos que los de la carne, que la mente aguanta y se regocija con torturas inasumibles por el cuerpo. Como ella, a diferencia de la Teresa original, de la Teresa abulense, no padecía visiones en las que unos angelitos le cosían el pecho gozosamente a dardos, tenía que conformarse con lo agridulce del diálogo socrático. Teresa era una masoquista argumentativa, una bulímica de la razón. Disfrutaba cuando se demolía su forma de razonar y sufría si no le lanzábamos objeciones. Entornaba los ojos y se mordía los labios nada más ver sus hipótesis reducidas al absurdo. Las clases de alemán solían consistir en una serie húmeda de orgasmos apagógicos. Al principio nos daba vergüenza que ella gimiese y le temblasen las piernas mientras la criticábamos, pero pronto nos acostumbramos y hasta empezamos a pillarle el tranquillo» — ; lo cierto es que Jantipa o Del morir es, por encima de todo, o al menos así es como yo lo veo, una oda al pensamiento en común. Y esa es una de las grandes herencias de Platón. La conversación, la escena de les amigues que se encuentran y hablan. Que reflexionan sobre lo mas doloroso — como aquí es el caso de Jantipa, Teresa, Charlotte y Heda — , sobre lo más inhumano, sobre lo más inútil. Pero el hecho de reflexionar en conjunto es lo que hace del pensamiento un acto delicioso y duradero. Sin amigues, sin adversaries… ¿Para qué?

Podría decir muchas cosas sobre los entresijos de Jantipa o Del morir, podría contar que Ernesto Castro lo terminó de escribir durante el verano de 2021, mientras leía Los hermanos Karamazov y me llamaba cada día a las 14:00 de la tarde para resumirme lo que había leído, escrito y pensado el día anterior. Podría decir que ese verano hablamos durante miles de horas sobre su visión de Auschwitz y sus ganas de escribir sobre cuatro amigas filósofas que no sabían si sobrevivirían al nazismo. Podría contar las películas en blanco y negro que él vio. Los cuentos que yo leí. Los mensajes cerdos que a veces nos enviábamos o incluso la textura de la sangre en mis manos el día de ponientada cabogatera en que por sorpresa se interrumpió mi incipiente embarazo. ¿Cómo hablar de la muerte de algo que ni siquiera ha llegado a ser vida?, me preguntaba. Pero leer y releer a las amigas de Edith Stein llenaba en mí un hueco. Como en los diálogos de Platón a los que hace homenaje esta trilogía narrativa de Ernesto Castro, yo quería parlotear del dolor, yo quería ser amiga de esas mujeres, yo quería sentarme, en definitiva, en el corro protagonizado por la filósofa más alta de esa fiesta de la muerte que era Teresa, la condenada a la cámara de gas. Me ha gustado leer a Ernesto Castro en este registro nuevo, que no es sino la síntesis de todos los aprendizajes de un niño bueno. Releyendo Jantipa o Del morir para preparar la presentación del libro en Barcelona, no pude evitar pensar en las teorías de Pierre Bayard en el ensayo Demain est écrit, según las cuales toda literatura, o toda vida literaria, está predispuesta a las más hermosas de las casualidades, de las predicciones y de las repeticiones. Al contrario que en aquel año posterior a la quiebra de Lehman Brothers, o al suicidio de David Foster Wallace, hoy la muerte se parece a otra cosa y se escucha muy lejana, de la misma manera que la amistad nos ha llevado a hablar cada día de libros durante no sé cuántos minutos u horas. Ahí es donde notamos a Platón. Ahí es donde valoramos la interlocución. Ahí es donde volcamos la altivez. Ahí es donde el diálogo se convierte en la única fórmula posible para la entereza, y la unión, y la supervivencia de nuestra generación. ¿Precariedad? ¿Salud mental? ¿Un poquito de fe? El apego.

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1990. Leo, escribo y edito.

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