Elogio de un adversario

Retrato del artista posadolescente

Le vi por primera vez bajo el Puente de Segovia. Era el año siguiente al estallido de la crisis financiera global que marcaría la mala suerte de la generación millennial, aunque por aquel entonces ninguno de nosotros hablaba de precariedad, ni de salud mental, ni de los Lehman Brothers. Todavía no. O al menos no aquella noche en la que un grupo de estudiantes de filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid se reunieron para celebrar el cumpleaños de una de sus compañeras, y se sentaron en corro alrededor del chico más alto de la fiesta, Ernesto Castro Córdoba, o Taun para los amigos del barrio de Arganzuela que le verían crecer hasta el metro ochenta y tantos, y él allí, con sus diecinueve años, su chándal, y esa célebre verborrea insufrible y pedante, aunque curiosa.

Preservar las apariencias

He tenido muchos enemigos a lo largo de mi vida. La mayoría hombres. La mayoría escritores. Los llamo enemigos porque es la manera más sencilla de no pensar en sus descalificaciones, en su paternalismo o en su violencia. Ernesto Castro, que con el paso de los meses y de los años seguía diciéndome cosas algunas veces bellas y otras veces salidas de tono o por email, o durante nuestras eternas conversaciones en los corros de nuestro propio grupo de amigos escritores, se convirtió en algo más.

Alergia a los gatos

Ahora lo sé: yo prefiero a un buen adversario que a mil falsos aliados. Por eso insisto en que si adversario es sinónimo de opuesto, poéticamente nosotros tampoco podíamos ser más distintos. Otra vez: su devoción por el endecasílabo, el acento en sexta, su pasión por la poesía canónica, política, española, su gusto por la bibliografía extrema, por las ideas siempre separadas de la intimidad. Puede que toda esa amalgama de durezas líricas tenga que ver con lo que él siempre reclama a propósito de la curiosidad. Como animal curioso, como ser entregado al descubrimiento con entusiasmo y al asombro, como hombre que quiere saberlo todo, cuanto más mejor, y no importa el qué, ni con qué medios, ni por cuánta suma de tiempo haga falta, Ernesto Castro es un engullidor profesional, un lector contrafractual y bibliofrénico, y su literatura sólo puede ser la consecuencia de ello. Dice el refrán que la curiosidad mató al gato. Para más guasa, Ernesto Castro es alérgico al pelo felino. Su curiosidad es alérgica. A veces quiere escribir de más. A veces no ha terminado de escribir una frase y ya está pensando en la que escribirá pasado mañana. Los documentos inacabados y friquísimos que reunió en su Atelier poético — un archivo titulado Poemas 2020, en el que en realidad asistimos a títulos provisionales de textos, en su mayoría sonetos que nunca fueron, un poco a lo Édouard Levé en Obras, sílabas que contó una y otra vez, o una oda a la numerología si pensáramos que el filósofo pudiera creer en esas cosas — son prueba de ello. También sus proyectos ensayísticos frustrados: aquel sobre Alberto Cardín, o ese otro sobre la derecha iliberal a cuyo documento en Word he tenido acceso: más de 80.000 palabras impublicables — según él — , envidia para cualquiera que alguna vez haya tenido miedo al folio en blanco. La curiosidad mató al gato, sí, y el ideal de poeta total mató a Taun.

Historia de un plagio

Sabiendo así de la existencia de un poemario tan solemne, novedoso y único — porque no incluiremos a Michel Houellebecq en esta vertiente crítica — sobre el hombre maltratador, me pregunto de veras cómo es posible que a día de hoy Ernesto Castro todavía no me haya denunciado públicamente por plagio, o cómo es posible que en ninguna reseña, que en ningún debate, y que ni tan siquiera en la presentación en Madrid de mi libro Poesía masculina, de la que además su hermano menor fue maestro de ceremonias — sí, Manuel, hacedor de haikus y de misticismos en el instituto, compañero de fechorías de Tosco Castro en los tiempos del Bukowski Club — ; que cómo es posible, decía, que nadie se haya dado cuenta de la influencia de su poesía en mis propios versos, o de lo sarcástico que resulta que el autor de un libro bestia para con la concepción romántica de las relaciones heterosexuales, aparezca retratado en las últimas páginas de mi libro bestia para con la concepción del matrimonio como una suerte de salvador. Como el más digno y besable de los adversarios. ¿Yo plagié a Ernesto Castro?

Van a respetar Madrid

Fue leyendo El trap cuando me di cuenta de que ya no sabía nada de nada sobre Ernesto Castro. Me incomodó y me fascinó a partes iguales. Aquel libro reunía todo lo que a mi alrededor nadie había sabido aunar de un modo tan perfecto: periodismo, narrativa, poesía, crítica, filosofía, política, sexo y memética en un solo volumen. Sentí envidia. O más bien un orgullo del que ni siquiera era merecedora. Cancelado, isolado y otra vez en chándal, pero probablemente muy solo y sin un corro de personas amigas a las que sermonear, Ernesto Castro había escrito lo que se me antojó el equivalente en ensayo a una novela como Lectura fácil. Oficinas llenas de redactores millennials tecleando como monos treinta artículos a diario sobre qué significaba nuestra generación, y él nos adelantó a todos por la derecha. Precariedad. Salud mental. Industria editorial. Sentí admiración. Porque a pesar de la viralidad de su discurso o de la facilidad que para él habría supuesto convertirse en un columnista barra influencer barra ofendidito barra monigote del hype, Ernesto Castro nunca renunció a su complejidad, a sus ideas y, sobre todo, a su literatura. Era como si lo más reprochable de aquella manera de ser que dejaba entrever con su verborrea de antaño o con sus poemas adolescentes — la strongzota opinion, la contundencia viril, la altivez, el no dar el brazo a torcer, la bibliofrenia… — se hubiera tornado en una actitud inédita, ahora generosa, erudita, calmada, comprensiva y plural. Bromea él en sus directos: «me tomáis en serio porque llevo traje y porque ya no me pinto las uñas».

¿Notas a Platón?

Ser fiel es fingir que el tiempo no existe, escribió una vez mi adversario Ernesto Castro. Lo escribió en un tiempo en el que ninguno nos tomábamos en serio. Un tiempo de sálvese quien pueda, escriba quien tenga tiempo y triunfe quien gane la lotería de Goodreads. Por él me hice vegetariana a los veinte años. Por él me divorcié a los treinta. Ahora sé que el tiempo existe. Lo tengo clarísimo. De la misma manera que sigo sabiendo y reafirmándome en la idea de que quienes se pelean no pueden desearse — pues sólo los que son honestos se merecen — . Es viernes, veintiocho de enero de 2022 y después de dos años de relación sexoafectiva con Ernesto Castro sólo recuerdo que nos hayamos medio-peleado — odioso verbo, ¿enfrentado?, ¿extrañado por estar en tan profundo desacuerdo no por la idea sino más bien por la forma de expresarla? — en una ocasión. Le dije que él no tenía gran obra todavía. Que su gran obra estaba por llegar. Soné descarada, lo sé. Soné altiva como un poeta macho de diecinueve años y en construcción. Lo que quería decir aquella noche en Arganzuela y lo que he intentado repensar y reexplicarme a mí misma durante ese tiempo, es que Ernesto Castro todavía no es Ernesto Castro, porque quienes por fin hemos hablado con él de ambiciones, de proyectos y de ingenierías creadoras, sabemos que mucho de lo que él desea construir, aún está en obras. Perdón por esa imagen manida. Perdón por no ser clara. El caso es que Ernesto Castro ya tenía una bibliografía envidiable y cojonuda a sus espaldas, pero es desde que se propuso crear él mismo sus propias ficciones, sus propios mundos imaginarios, con estructuras fortísimas para dar rienda suelta a todo lo que ya había demostrado saber hacer: las descripciones líricas, las ideas arriesgadas, el humor cabrón, la reivindicación de firmas ninguneadas, la alabanza de la filosofía, la exposición de teorías contrarias a sus ideales, la poesía, la gracia… Es desde entonces que Ernesto Castro se ha convertido en el escritor total. Prueba incipiente de este potencial, creo, es la estructura y la base de Jantipa o Del morir. Su primer asalto a la ficción y una revisión del diálogo socrático, además de la primera entrega de una trilogía narrativo-filosófica sobre la muerte, el saber y la libertad, protagonizada entera por mujeres… precariedad, salud mental, una genealogía feminista.

Acorazonado

Podría decir muchas cosas sobre los entresijos de Jantipa o Del morir, podría contar que Ernesto Castro lo terminó de escribir durante el verano de 2021, mientras leía Los hermanos Karamazov y me llamaba cada día a las 14:00 de la tarde para resumirme lo que había leído, escrito y pensado el día anterior. Podría decir que ese verano hablamos durante miles de horas sobre su visión de Auschwitz y sus ganas de escribir sobre cuatro amigas filósofas que no sabían si sobrevivirían al nazismo. Podría contar las películas en blanco y negro que él vio. Los cuentos que yo leí. Los mensajes cerdos que a veces nos enviábamos o incluso la textura de la sangre en mis manos el día de ponientada cabogatera en que por sorpresa se interrumpió mi incipiente embarazo. ¿Cómo hablar de la muerte de algo que ni siquiera ha llegado a ser vida?, me preguntaba. Pero leer y releer a las amigas de Edith Stein llenaba en mí un hueco. Como en los diálogos de Platón a los que hace homenaje esta trilogía narrativa de Ernesto Castro, yo quería parlotear del dolor, yo quería ser amiga de esas mujeres, yo quería sentarme, en definitiva, en el corro protagonizado por la filósofa más alta de esa fiesta de la muerte que era Teresa, la condenada a la cámara de gas. Me ha gustado leer a Ernesto Castro en este registro nuevo, que no es sino la síntesis de todos los aprendizajes de un niño bueno. Releyendo Jantipa o Del morir para preparar la presentación del libro en Barcelona, no pude evitar pensar en las teorías de Pierre Bayard en el ensayo Demain est écrit, según las cuales toda literatura, o toda vida literaria, está predispuesta a las más hermosas de las casualidades, de las predicciones y de las repeticiones. Al contrario que en aquel año posterior a la quiebra de Lehman Brothers, o al suicidio de David Foster Wallace, hoy la muerte se parece a otra cosa y se escucha muy lejana, de la misma manera que la amistad nos ha llevado a hablar cada día de libros durante no sé cuántos minutos u horas. Ahí es donde notamos a Platón. Ahí es donde valoramos la interlocución. Ahí es donde volcamos la altivez. Ahí es donde el diálogo se convierte en la única fórmula posible para la entereza, y la unión, y la supervivencia de nuestra generación. ¿Precariedad? ¿Salud mental? ¿Un poquito de fe? El apego.

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1990. Leo, escribo y edito.

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